El orden de la génesis – primeros versículos del primer libro del Pentateuco

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En los primeros versículos del “Génesis” se propone una articulación, relativamente clara a nivel semántico, que debe estar suficientemente analizada también desde un punto de vista sintáctico y gramatical, fundamentalmente a través de aquello a lo que viene a traducir el castellano “para”, como preposición-nexo subordinante. Como tal, el origen parece adquirir sentido (o mejor, aparecer como algo tematizable) desde el punto de vista de lo ya dado, de lo que ya hay. Esta consideración del origen responde a una pregunta del tipo: ¿cómo hemos llegado a donde estamos ahora? Pero no sólo gracias al hecho de que ya hay algo, sino también en virtud de cómo se entiende o tematiza eso que está ya dado. Lo ya dado es el mundo en general. Cuando digo que no sólo se trata de que haya ya mundo, como condición de la tematización del “origen”, sino que también se trata de cómo se entienda o se tematice dicho mundo, me refiero a que el tema mundo tiene una serie de determinaciones. Lo que hace la hipótesis del origen con el tema-mundo es caracterizar sus determinaciones como una suerte de producto. El mundo es así como “resultado” de un proceso o de una operación. –Esto que digo en la oración anterior supone una caracterización bastante cargada del orden de la génesis: ¿por qué uso las palabras “proceso” u “operación”? Por el momento, no encuentro ninguna otra con la que sea más coherente emplear “resultado”–. Lo que sí parece más claro y menos cargado es el hecho de que la mera distinción entre origen-resultado, antes-después, uno-otro se hace desde el punto de vista del resultado, del estado actual como el después, etc. Entonces, la caracterización del ahora-después-resultado –por ejemplo: la distinción entre cielo y tierra, día y noche- se dinamiza, aparece como operación, proceso, ordenación, sucesión. Lo que resulta primeramente llamativo es la ausencia de un ex-nihilo en la operación. Las diferencias anteriores no surgen de nada, sino de otro estado de composición de esas diferencias. Llega a haber una diferencia entre noche y día, cielo y tierra en base a un primer estado, a un antes, en el que esa distinción no comparece (¿caos?). Curiosamente, se emplean habitualmente las mismas palabras. Hay tinieblas, hay agua, cielo y tierra. –La luz si parece surgir ex-nihilo–. Lo más intrigante es el uso del “para”, aunque no se use explícitamente: “que haya lumbreras en la bóveda celeste para separar el día de la noche, y sirvan de señales para distinguir las estaciones, los días y los años; que luzcan en la bóveda del cuelo para alumbrar la tierra”. No siempre, como digo, aparece en esa forma explícita, pero parece que sí lo hacen de modo implícito. Aparece un tercero o, mejor dicho, ciertas características de lo dado se ponen en relación final-instrumental con otras. Las características del mundo dado, del después-resultado, se articulan de modo final. Aparece una cierta idea de causa final, ligada a la causa eficiente, y emparentada con lo que después sería la definición genética (¿esencial o no esencial?). Insisto en que hay que atender a las condiciones que hacen posible la primera de las distinciones de la sucesión-proceso-operación; es decir: la distinción entre antes y después, entre origen y resultado. Aparentemente, la carga ontológica descansa en lo que a posterior es entendido como después, como resultado. La operación parece consistir en que su constitución se haga dependiente de un estado otro en el que la distribución o el orden es diverso (ejemplo: la no distinción entre agua y tierra, luz y oscuridad, etc.).

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