Excusa, pretexto y motivo

“Hay que escribir aunque no nos guste, aunque nos pese y aunque nos duela. Hay que escribir en cualquier contexto, a través de cualquier medio y de cualquier manera. No tanto para fijar de modo extrínseco aquello que tu memoria no podrá recuperar aunque se lo proponga, sino más bien para articular lo que uno piensa y lo que uno hace a través de algo que le es en principio completamente ajeno. La escritura no es una herramienta aséptica y neutral con la que uno se expresa, no es un utensilio que uno emplee para hacer de sí mismo algo distinto en su expresión. La escritura es ya algo distinto de uno mismo, en el sentido de que no le pertenece a uno, sino que, por pertenecerle a cualquiera, resulta independiente respecto de cada uno y de todos. Todo irá bien si al volver sobre lo que se escribe uno pierde la orientación y el sentimiento inmediato de familiaridad, la calidez y la seguridad del hogar. La operación habrá sido exitosa si el resultado implica la ausencia de reconocimiento, si el que escribió no encuentra en sus palabras anteriores elementos suficientes para decir: “aquí estoy yo, esto es mío”. Porque, por un lado, no será el mismo quien lo lea y, por el otro, el que lo escribió no estará allí jamás para explicarse. Por tanto, explicarse y comprenderse a través de la escritura contará siempre con elementos irreductibles e inasibles que son los que nos premiten introducir un suplemento novedoso. Estas son las condiciones para que la conversación continúe, o mejor dicho, son las condiciones por las que de hecho podemos seguir coversando. Ni quien empieza a escribir coincide de antemano con su escritura, ni el “yo” que escribe coincide con el “tú” que lee, y es precisamente por eso que podemos escribir algo en absoluto, salir de las repeticiones vacuas, estériles. Así que, en conclusión, se trata de componer cosas distintas: lo que se piensa y se hace con lo que se dice y se escribe”.

Bernhard Billig, 1677

La obra de cualquiera es una larga nota de suicidio que intenta impedir (ralentizando) la muerte que ella misma anuncia y produce. Pues por muy veloz y afilada que se quiera, como la chispa y el cuchillo, rápidamente se separa la obra de aquello sobre lo que actúa. Así se distingue de la chispa el incendio y del cuchillo la herida… ¡Como si quisieran escapar de la vida a la que pertenecen!

Bernardo Barato, 2004

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