Crisis, diferencia y modalidad. ¿Un punto de vista propio para la crisis?

Nota Bene

 

Elaboré el presente texto con el fin de leerlo públicamente en Madrid a principios del mes de mayo de 2011. Pocos días después, algo comenzó a ocurrir en numerosas ciudades de España, extendiéndose con posterioridad a otros tantos lugares del mundo. He preferido no modificar el texto original, pues creo que lo ocurrido no le resta validez o actualidad. No obstante, atendiendo a lo que viene ocurriendo desde mayo, y en coherencia con ello, las líneas que siguen a continuación habrían de verse incrementadas en intensidad. Prefiero no modificar el texto original y de este modo subrayar el contraste, pues es justamente el final de este texto –la dimensión acontecimiental que queda señalada y sin desarrollar– lo que entonces tenía valor y lo que mañana seguirá teniéndolo. Mayo no es ningún hecho histórico, aunque harán con él a la postre lo que quieran. No es ninguna consecuencia, ni la causa de un efecto por venir. Constituye más bien nuestra situación, que se expresa como una pregunta por el futuro. Mayo no es la constatación o la superación de ninguna crisis, sino la producción de su más propia y genuina subversión. Dedico este pequeño trabajo a mayo, en señal de admiración, agradecimiento y esperanzada inquietud.

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“Crisis” es una palabra exuberante y generosa que abarrota la experiencia cotidiana y el uso habitual del lenguaje. Cualquier discurso referido a nuestro tiempo convoca en cada ocasión la aparatosa recurrencia, casi compulsiva, de esta palabra. Obviando su uso político y mediático como arma arrojadiza o “patata caliente”, pareciera como si hubiese adquirido ya el rango de tótem o emblema del tiempo presente. No obstante, el carácter totémico de la crisis no explica, por sí mismo, el cometido de la misma en la constitución de aquello que está por aclarar y que hemos dado en llamar “el tiempo presente”. ¿Cuántos complementos del nombre se le pueden asignar? ¿Cuántos sintagmas nominales pueden construirse con la palabra “crisis”?[1]

Si por un momento procedemos emulando el trabajo de algunos sociólogos, y tratamos así de clasificar u organizar la diversidad de los complementos del nombre “crisis” en sus también diversas apariciones, nos encontraremos de inmediato como impedidos en nuestra tarea por una suerte de avalancha semántica. La repetición de nuestro término habría provocado una indiferenciación del sentido en su uso habitual y cotidiano.

Sin embargo, la omnipresencia de la crisis no ha conseguido ahogar el motor del sentido común y del buen sentido, entendidos aquí en relación al juicio y, respectivamente, como principio de distribución o de repartición de las determinaciones predicativas y como principio de identificación y unificación del sujeto[2]. Pese a que nos topamos de manera cotidiana con una cuantiosa y heterogénea proliferación de fenómenos en crisis, tal diversidad aún se encuentra bien organizada y dispuesta en una cierta unidad de sentido. De este modo, entendemos que las crisis pueden ser políticas, sociales, económicas o ecológicas. Y pese a que tales crisis nunca sean independientes entre sí, aún podemos abstraer en qué medida una crisis es política, y también social, y también económica; llegando a determinar, incluso, las relaciones de dependencia que gobiernan entre unas y otras[3].

Conviene por tanto comenzar elaborando una pregunta destinada, en el curso de su solución, a aclarar alguna determinación de aquello a lo que llamamos “crisis”. Una pregunta que, dado su carácter provisional, nos permita proceder hipotéticamente, definiendo y desarrollando los problemas que suscite. Tal pregunta, nos parece, ha de ser relativa a la modalidad; ¿son necesarias las crisis? Esta pregunta por la necesidad de la crisis resulta a primera vista razonable y, sin embargo, origina también de modo inmediato la exigencia de aclarar en relación a qué otra instancia podemos decir que una crisis es o no es necesaria. En este caso, la necesidad requiere de un respecto o de una referencia desde la que adquiere la posibilidad de ser dicha y pensada. A la primera pregunta conviene por tanto añadir el ámbito o punto de vista desde el que puede realizarse la atribución. ¿Respecto de qué otra cosa son necesarias las crisis?

Habiendo ejemplificado ya algunos complementos del nombre que pueden acompañar a la palabra “crisis”, podríamos añadir, en este punto, el ámbito que funciona como  respecto: la historia. Diríamos, siguiendo lo anterior y como primera hipótesis, que las crisis económicas, políticas y sociales son necesarias en la historia o son históricamente necesarias.

Podría presumirse entonces que nuestra investigación ha comenzado a recorrer los caminos abiertos por el problema del juicio. No en vano, nuestra pregunta es en principio una pregunta relativa a la atribución. En el Órganon aristotélico, la necesidad está planteada como la modalidad del enlace entre el sujeto y el predicado en las proposiciones universales afirmativas, proposiciones del tipo “Todo a es b”[4]. Hay que hacer notar que, en nuestra primera hipótesis, la necesidad no atañe al enlace del juicio. No es lo mismo decir –como decíamos– que las crisis son históricamente necesarias que decir que son necesariamente históricas. Cada una de estas afirmaciones revela determinaciones diversas que conviene problematizar.

Afirmamos que las crisis son necesariamente históricas en virtud de la tipología que ofrecíamos anteriormente. Señalábamos que hay crisis de carácter político, social o económico. La economía, la sociedad y la política son asuntos de los que se ocupa la historia. Además, los saberes que tienen por objeto a la economía, la sociedad y la política son saberes historizables y normalmente historizados. Se percibe, por último, que las crisis competen justamente a la historicidad de lo económico, lo social y lo político.

La distribución de las instancias “crisis”, “historia” y “necesidad”, que constituye la caracterización de la crisis como necesariamente histórica, se encuentra con una interesante resistencia, pues parece dejar de lado un tipo de crisis de las que aún no hemos hecho mención. Las crisis también pueden ser crisis nerviosas, crisis epilépticas o crisis respiratorias. El sentido médico del término es prácticamente tan antiguo como el sentido jurídico-político[5]. En la Grecia de Tucídides y Aristóteles, el verbo “kríno” se empleaba en el sentido de “separar”, “escoger”, “decidir” o “enjuiciar”.

El sentido jurídico-político expresaba la toma de decisión en la que consiste un juicio, un enjuiciamiento, pero también el establecimiento de un cierto orden político y social (la creación de derecho), así como las decisiones ejecutivas de un determinado gobierno. El sentido médico, por su parte, expresaba al mismo tiempo el estado de un paciente que en el transcurso de un tiempo definido moriría o sobreviviría y el juicio que el médico ha de realizar sobre el curso de tal proceso y de su terminación.

Apreciamos una cierta comunidad de sentido entre el ámbito jurídico-político y el ámbito médico. En ambos casos, la crisis indica un momento no tético, una suspensión o neutralización que precede y está ya orientada o destinada a un momento tético, a la posición que se desprende del proceso y al tiempo lo soluciona, lo acaba, le pone término. Las crisis cumplen, por ello, con al menos tres funciones: anuncian el límite de un cambio, separan las posibilidades de actualización de tal cambio y establecen el modo de relación entre el primer y el segundo momento. El enlace entre crisis e historia depende entonces del tiempo cronológico según la definición aristotélica, esto es: del tiempo como medida del cambio, como «número del movimiento según el antes y el después»[6].

Aventurábamos a proponer otra respuesta posible ante la pregunta relativa a la modalidad de la crisis, afirmando que las crisis son históricamente necesarias. En este caso no se afirma la necesidad del carácter histórico de la crisis, sino la necesidad de que la historia desarrolle o produzca crisis en su seno[7]. Esta caracterización de las crisis como algo propio o más bien esencial para la historia es posible en virtud de una cierta idea de ley o de orden. La historia dispondría de un ordenamiento de sus componentes que conduciría hacia cambios singulares que exigen, a su vez, una reordenación, una renovación del orden.

Pensar de este modo la crisis permite plantear un nuevo problema que podemos volver a enmarcar en la teoría del juicio, sin dejar de lado los sentidos habituales de crisis que sobrevuelan en todo momento nuestra investigación. La crisis se opone en este caso a una cierta idea de orden, de estabilidad o de normalidad. La oposición entre ambos términos no provoca su separación absoluta, ya que quedan referidos, pese a todo, a la historia. A la historia le pertenecería, empleando los términos de algunos epistemólogos, tanto ser normal como ser excepcional o crítica[8]. Dadas estas determinaciones, y a propósito de nuestra segunda hipótesis, podríamos entender que crisis y orden funcionan como especies de un género común que es la historia.

Avanzando en este sentido, conviene aclarar el tipo de diferencia que constituye la relación entre crisis y orden en tanto que especies del género historia. Según el aristotelismo que no hace del ser un género, las especies han de mantener entre sí una relación de contrarios, pues sólo de este modo se asegura un máximo y un mínimo de diferencia –en la especies infima y en las categorías– que salvaguarda el estatuto de la ousía en al menos dos sentidos: como sustancia individual y como esencia de tal sustancia[9].

Nosotros, sin embargo, no estamos incapacitados para olvidar el esquema del género y la especie una vez sugerido el problema que nos ocupa en este punto, a saber: el problema de la diferencia entre la crisis y el orden en la historia. Es por ello que no tenemos que enfangarnos en discusiones escolásticas sobre el posible carácter indivisible de la crisis o sobre la posibilidad de hacer de la historia, a su vez, la especie de un género superior. La presunta pertenencia esencial de la crisis y el orden a la historia resulta suficiente para plantear el problema de su diferencia o separación. Manteniendo el punto de vista de la n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽cia o separacinenpo de oposicil orden división específica interior a los géneros, la diferencia entre la crisis y el orden habría de comportarse como un tipo de oposición.

Crisis y orden pueden comportarse como contrarios. De este modo, se mantiene cada uno definido por sí mismo y, a la vez, ambos han de guardar una suerte de correspondencia o reciprocidad en sus determinaciones. Sólo así procuramos algún tipo de definición positiva para la crisis, haciéndola relativamente identificable por sí misma. Si optáramos por una relación de contradictoriedad, haríamos de la crisis negación del orden y tan sólo podríamos tematizarla como indefinida. O lo que es lo mismo, provocaríamos que la crisis se comportara como cualquier otra cosa que no es orden, lo que equivale a decir que suspenderíamos la evidencia de su vínculo con la historia. Si por el contrario entendemos que la crisis mantiene con el orden una relación de privación, le devolvemos un estatuto similar al de la contrariedad, pero intensificando el grado de dependencia respecto del orden. En este último caso, la definición de crisis sería enteramente subsidiaria de la definición de orden[10].

El recurso a esta triple forma de la oposición –privación, contrariedad y contradicción– resulta pertinente por dos grandes motivos. El primero es que muestra con claridad algunas de las posibilidades de tematización de la crisis caracterizada en su contraste con el orden, la estabilidad o la normalidad, sin despojarla, a la vez, de su íntima conexión con la historia. Se asegura con ello, además, la inteligibilidad y la unidad del sentido de las múltiples apariciones de la crisis en nuestro tiempo.

El segundo gran motivo que hace pertinente el recurso a los tipos de oposición consiste justamente en la destrucción del primero, esto es, en la posibilidad de seguir indagando en torno a las determinaciones del sentido de la crisis, bajo riesgo, incluso, de abandonar el esquema anterior y perder con ello la inteligibilidad conquistada. Al plantear las posibles distribuciones de la crisis y el orden en la historia, mediante su diferencia por oposición, nos encontramos en disposición de esbozar un vínculo entre ley y orden.

Habíamos entendido que el orden podría funcionar como el opuesto de la crisis porque la crisis cumplía con al menos tres cometidos: anunciaba el cambio, establecía las posibilidades del cambio y enlazaba, a modo de gozne, lo que está por cambiar y lo ya cambiado. Llamábamos orden, en virtud de la mera negación de la crisis, a los momentos del antes y el después, esto es, a lo no afectado por el cambio en cuestión. Sin embargo, más adelante, y a propósito de las oposiciones, le otorgábamos el lugar de la positividad frente a la crisis, que constituiría, al cabo, su privación, su contrario o su contradictorio.

Trabajemos con un concepto restringido de ley, aquel que nos suscita la relación entre la ley y lo legislado. Cabe decir que la ley o explicita o produce un cierto orden, un ordenamiento o una distribución fija de elementos que quedan adscritos a una determinada función. Decimos que lo legislado es lo que está ordenado en virtud de estas determinaciones. Ordenar consiste entonces en fijar o estabilizar el lugar y el comportamiento de los elementos que constituyen el orden[11]. De esta noción de orden se desprenden al menos dos consecuencias que hemos de subrayar: la previsibilidad y la reproducibilidad o repetibilidad de los casos ordenados.

Debemos rescatar, en este punto, la referencia a los tipos de oposición. ¿Cómo se comporta la ley respecto de lo ilegal y respecto de lo alegal? Pese a que los prefijos “i” y “a” se emplean para expresar privación y negación en función del caso, podemos contestar a esta pregunta con relativa facilidad desde el punto de vista del Derecho[12]. Mientras que un cierto régimen del derecho ordena positivamente los asuntos sobre los que gobierna, definiendo por exclusión aquello que constituiría una transgresión de la ley, es tarea de los códigos penales el ordenar la potestad punitiva de un Estado, definiendo propiamente la ilegalidad y decidiendo el modo de proceder dada su aparición. Lo alegal, por su parte, constituye lo que no está regulado y tampoco prohibido.

¿Con qué ordenamiento, con qué forma de la legalidad convienen las diversas determinaciones de crisis que hemos problematizado hasta este punto? Se constata aquí que la crisis ha de ser definida en virtud de una cierta idea de orden, dada cualquiera de las figuras de la oposición. Se advierte, además, que la crisis podría ser incluso subsumida por el orden por compartir con él aquella doble determinación de previsibilidad y repetibilidad.

Podemos referir de nuevo el orden a la ley en virtud de una herramienta que hemos presentado más arriba a propósito del juicio, a saber: los principios complementarios del buen sentido y el sentido común. Si la tarea de estos dos principios consiste en ordenar la conveniencia de los predicados y el carácter idéntico del sujeto y si, al mismo tiempo, hemos estado tratando nuestro problema desde la perspectiva del juicio, ¿no ocurrirá que la crisis está sometida, desde un punto de vista superior, al funcionamiento de un orden determinado que le asigna su lugar y establece sus competencias? ¿No ocurrirá que las diversas combinaciones entre “historia”, “orden” y “crisis” y los regímenes de identidad y diferencia que los enlazaban y separaban estaban siendo gobernados y ordenados de antemano?

La respuesta a tal pregunta va de suyo: la crisis está sometida a un orden superior que determina su posición, así como la distribución y funciones de, por un lado, ese otro tipo de orden opuesto a la crisis y, por el otro, de la historia a la que ambos opuestos pertenecen.

El lector protestará en este punto y rechazará el párrafo anterior. Argüirá: “este último movimiento es una artimaña que sólo lleva a confusión. Se ha empleado el término “orden” en dos sentidos o respecto a dos ámbitos: primero, entendido como una especie del género historia que ha de guardar una diferencia respecto de la crisis; después se ha empleado en relación a la distribución de los elementos de un juicio relativo a la historia”. Sin embargo, esta última y aparentemente engañosa pregunta, relativa a la pertenencia de la crisis al orden, constata una sospecha presente desde el comienzo, si bien de manera implícita. Habíamos desestimado una tendencia implícita en el sentido de la crisis: la idea de disolución del orden y aparición de novedad. Una novedad no relativa, no vinculable, inconmensurable. La resistencia del lector a hacer de la crisis algo que pertenece al orden se corresponde con el hecho de no haber adoptado hasta el momento un punto de vista propio para la crisis. Si hemos perdido un matiz del sentido de la crisis, se debe a que hemos hecho de la crisis algo relativo al orden en virtud la diferencia que mantienen entre sí.

Estas últimas consecuencias no resultan en absoluto llamativas. Ya en nuestra primera caracterización hacíamos depender a la crisis de un orden determinado. La crisis surge del momento de normalidad o de estabilidad, y surge en el sentido de que se desprende de él para acabarlo, para realizarlo, para ponerle término. Es por ello que la diferencia o la oposición entre la crisis y el orden en el seno de la historia es un esquema válido sólo de manera relativa[13].

El sentido de la crisis excede por tanto nuestra caracterización. Las crisis expresan algo que no es enlazable, referible, conmensurable con el concepto de orden. Algo relativo al cambio y a la aparición imprevisible de novedad. Sospechamos que esta resistencia y esta incorrección se deben a que no hemos conseguido liberar a la crisis de un cierto concepto de orden ni de un determinado modo de ordenación.

La caracterización que hemos esbozado permite localizar una noción de crisis que responde a dos características fundamentales. Por un lado, la noción resulta relativamente unívoca, determinada modalmente y vinculada con el cambio, el tiempo y la historia. Por otro lado, la crisis así definida es compatible con las determinaciones más habituales en su historia conceptual y con los usos y sentidos actuales. No obstante, nuestra caracterización hace de la crisis algo sujeto al orden en diversos sentidos.

La crisis entendida en su conexión con el orden constata la pertinencia de al menos dos ámbitos problemáticos. En primer lugar, el vínculo entre la crisis y el orden descansa en la dimensión temporal. La crisis pone en movimiento al orden estableciendo un antes y un después en el que se realiza. La crisis realiza al orden al proyectar y acelerar su acabamiento, y al adelantar y retener su origen. Éste es el primer ámbito que hemos podido problematizar a través de la cuestión del juicio y de la oposición de especies en un género. La crisis queda de este modo vinculada a la discontinuidad, el cambio y la diferencia.

Justamente en virtud de estas últimas determinaciones aparece el segundo ámbito problemático que hemos de constatar y que no hemos desarrollado propiamente. La crisis remite a otra serie de determinaciones inconmensurables con el orden en lo que parece la exigencia de un punto de vista propio para la crisis, que supondría la reconsideración de nociones como la discontinuidad, el cambio y la diferencia.

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Durante el siglo XX tuvo lugar un interesante debate historiográfico en torno a la naturaleza y la construcción del tiempo presente. El asunto en cuestión consistía en dilucidar de qué está hecha la historia y cuál es, por consiguiente, la tarea del historiador. La escuela de los Annales apareció como una reacción a la historia “acontecimiental” que, desde finales del XIX, se ocupaba de los hechos como singularidades no repetibles, haciendo coincidir la causalidad con la cronología. Frente a esto, el discurso de los Annales recuperó el valor de los hechos repetitivos que adquieren el estatuto de casos ordenados. No obstante, la escuela de los Annales ha sido muy plural a lo largo de sus cuatro generaciones, y ha dialogado con otras soluciones de la dualidad acontecimiento-estructura como son las de Kosseleck y Ricoeur[14]. Fue en las últimas décadas del siglo XX cuando se comenzó a hablar de un retorno del acontecimiento, a propósito de la discusión en torno a la naturaleza del tiempo presente y de su historia[15]. El problema del acontecimiento rehabilita de este modo las preguntas relativas a la discontinuidad, el cambio y la diferencia y, por consiguiente, permite reconsiderar el problema de la crisis[16].

Deleuze propuso en varias ocasiones la distinción entre la historia y el devenir[17]. No en virtud de una mera recusación de la historia, sino más bien elaborando un modelo de investigación que dejase entrever aquello que ocurre y de lo que nadie se ocupa. Deleuze y Guattari escribieron, a propósito de esta cuestión, un breve texto titulado “Mayo del 68 nunca ocurrió”[18].  Un acontecimiento no es un estado de cosas o un hecho remisible a un orden causal o a una distribución estructural. Tampoco es una singularidad en el sentido de un hecho notable o excepcional. Es más bien la acción de la que se desprende un hecho. No es algo posible, no es algo posibilitado por una serie de condiciones o de causas históricas sino, antes bien, creación de posibilidades y apertura hacia la novedad. En tanto que acontecimiento, Mayo del 68 nunca tuvo lugar, porque la historia no ha podido responder a sus exigencias y nunca lo hará por completo. Mayo del 68, en tanto que hecho, ya ha sido tematizado y ordenado en una secuencia de causas extrínsecas y transitivas. Por ejemplo, podemos decir, y será muy razonable hacerlo, que Mayo del 68 auspició, o mejor dicho, normalizó una liberación sexual sin precedentes.

¿Nos permitiría entonces el acontecimiento avanzar en el problema de la crisis? Un acontecimiento puede actualizarse en un hecho o en un estado de cosas. A este movimiento, que es un movimiento de vibración y no meramente de ida y vuelta, lo llamamos “devenir”. El acontecimiento no es susceptible del tipo de ordenación que opera sobre los hechos, aunque tampoco supone la anulación  o la negación del orden. El acontecimiento es pura virtualidad, emisión de posibilidades que responden a una distribución dinámica o nómada de sus elementos. Lo virtual responde a un orden no fijo, imprevisible e imposible de repetir en el sentido en el que se repiten los casos ordenados sometidos a una ley. El acontecimiento es una composición de singularidades cuya ordenación no preexiste ni es independiente de su propio acaecer. Lo que acontece es siempre singular en el sentido de único. Por este motivo, nunca estamos en disposición de prever o de reproducir un acontecimiento, pero sí de distribuir las posibilidades y componer un nuevo orden. De lo único de lo que somos verdaderamente capaces es de crear novedad. Por esta falla desborda el sentido de crisis que anteriormente éramos incapaces de retener. Las crisis no sólo anuncian el desorden o la posibilidad de anular el orden precedente para después reconstruir de nuevo, bajo parámetros que reproducen la anterioridad de la ley. Las crisis también constatan que los hechos pueden actualizarse de otro modo, que los hechos son incapaces de anular las posibilidades que los constituyen y los acompañan.


[1] En 1980, Bebermeyer registraba hasta 200 sustantivos compuestos con el término “crisis” empleados en titulares de diversos medios de comunicación en lengua alemana. Cfr. R. Bebermeyer, «“Krise”-Komposita – verbale Leitfossilien unserer Tage», en Muttersprache. Zeitschrift zur Pflege und Erforschung der deutschen Sprache 90 (1980), 189 y ss. Citado en R. Koselleck, Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués (Madrid: Trotta, 2007),  272-273.

[2] Cfr. G. Deleuze, Diferencia y repetición (Buenos Aires: Amorrortu, 2006), 68 y ss., 206 y ss., 336 y ss., Passim. Cfr. Lógica del sentido (Barcelona: Paidós, 2005), 105 y ss., Passim.

[3] Hay un tipo de crisis de segundo orden –si es que cabe hacer la distinción– del que no nos ocupamos aquí, a saber: la crisis de los saberes que se ocupan de la política, la sociedad, los mercados o los ecosistemas.

[4] Cfr. Aristóteles, Analíticos Primeros I, 1, 24a18-19.

[5] Cfr. R. Koselleck, op. cit., 241 y ss.

[6] Aristóteles, Física (Madrid: Gredos, 2002) IV, 219b.

[7] Si pudiéramos formular ambas distribuciones de los términos “historia”, “necesidad” y “crisis” como una conversión de proposiciones, esto es, como si el sujeto de una proposición pasase a ser el predicado y viceversa, habríamos de advertir que de la verdad de una no se sigue la verdad de otra, ya que la universal afirmativa tiene por conversa una particular afirmativa. Sin embargo, cabe recordarlo aquí, no estamos tratando tales asertos como verdades propuestas que hayamos de justificar, sino como meras hipótesis que nos sirvan de motivos para la problematización del sentido de “crisis”. En relación con la conversión de proposiciones: Cfr. Aristóteles, Analíticos Primeros I, 2, 25a y ss.

[8] Giorgio Agamben ha tratado de desmarcar el uso foucaultiano de “paradigma” de la epistemología de Thomas S. Kuhn, aludiendo a la analogía como alternativa de la deducción y de la inducción y, por tanto, como método para evitar la dualidad general-particular. Sin embargo, Gilles Deleuze ha señalado la dimensión mediadora –y al tiempo mediatizada– de la analogía como una de las cuatro raíces de la representación. La analogía remite a la repetición estéril o neutra de unidades independientes, indivisibles e idénticas. Por tanto, la analogía constituye particulares, no singularidades. Cfr. G. Agamben, Signatura Rerum. Sobre el método (Barcelona: Anagrama, 2010), 11 y ss. Cfr. G. Deleuze, Diferencia y repetición, op. cit., Passim. Cfr. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas (Valencia: Pre-textos, 2006), 240 y ss.

[9] Dicho en lenguaje heideggeriano: como sustancia y como sustancialidad de la sustancia. M. Heidegger, Ser y tiempo (Madrid: Trotta, 2006), 116 y ss.

[10] Sobre los opuestos y el papel de la contrariedad Cfr. Aristóteles, Metafísica X, 4, 8 y 9.

[11] Esta tentativa de caracterización de la ley y el orden, aunque sucinta, se mantiene fiel a cualquier forma de platonismo, pues distingue y hace independiente y activa a la propiedad, relación o estructura que gobierna, ordena, dispone y mueve a la cosa, por sí misma pasiva, indeterminada o infundada. Nuestro esquema es también compatible con un cierto aristotelismo. Recordemos la definición de la physis como «principio y causa del movimiento o del reposo en la cosa a la que pertenece primariamente y por sí misma, no por accidente», en Aristóteles, Física, Madrid: Gredos, 2002, II, 192b20. La diferencia –definitoria, por cierto- entre la ley y lo legislado queda asegurada al considerar que «todo lo que está en movimiento tiene que ser movido por algo» (Física, op. cit., VIII, 256a) y que dicho algo que mueve ha de ser otro de lo movido, aunque lo que mueve y lo movido sean, respecto de otra instancia, lo mismo. Este “otro que mueve” es justamente la potencia o capacidad entendida como “principio del movimiento” (Cfr. Aristóteles, Metafísica Madrid: Gredos, 2003, V, 1019a). Observará el lector que no es trivial la referencia al tiempo como medida del cambio o el movimiento que hacíamos con anterioridad. La filiación del tiempo a la crisis y a la historia es el síntoma notable de la comparecencia del orden en nuestro problema.

[12] Resulta cuanto menos interesante –da qué pensar- el hecho de que estos prefijos de negación se asocien casi siempre con bases adjetivas y no nominales. En nuestro caso ocurre así y, de hecho, no hay contrario para el sustantivo “ley” que conlleve prefijación. Como observaremos, el quid reside en que no estamos trabajando propiamente sobre la ley, sino sobre un caso que puede ser o no sometido a la misma. La dificultad reside en que no podemos definir a aquello que no es un caso (sometido o no a la ley) en virtud de una mera negación. Sobre la prefijación negativa, Cfr. Mervyn F. Lang, Formación de palabras en español. Morfología derivativa productiva en el léxico moderno, (Madrid: Cátedra, 1997), 223.

[13] La pertenencia de la crisis al orden de la historia no resulta, por lo demás, nada nuevo. Se consolida en torno a las figuras de Schiller y Möser y encuentra en Marx un exponente del que aún hoy recibimos influencia.

[14] Cfr. M. Trebitsch, «El acontecimiento, clave para el análisis del tiempo presente», en Cuadernos de Historia Conteporánea, 1998, nº 20, 31-33.

[15] Véase, por ejemplo, P. Nora, “La vuelta del acontecimiento” en J. Le Goff y P. Nora (Comp.), Hacer la historia (Barcelona: Maia, 1978), 221-239.

[16] François Dosse, en un libro muy reciente titulado Renaissance de l’événement, ha recuperado, en el centro de esta inflexión historiográfica, el trabajo de Gilles Deleuze en torno a las figuras del acontecimiento y del devenir. Cfr. F. Dosse, Renaissance de l’événement. Un défi pour l’historien: entre sphinx et phénix (Paris: Puf, 2010).

[17] Cfr. G. Deleuze, Conversaciones (Valencia: Pre-textos, 2006), 267.

[18] Aparecido originalmente en Les Nouvelles Littéraires, 3-9 de mayo de 1984, 75-76. Traducido en G. Deleuze, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995) (Valencia: Pre-textos, 2007), 213-218.

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