El trabajo y la vida

Algunas de las preguntas más cotidianas acerca del trabajo producen en ocasiones un interesante dilema: ¿trabajar para vivir o vivir para el trabajo? Normalmente entendemos que ambas opciones son mutuamente excluyentes, es decir, que si ocurre una cosa no puede ocurrir al mismo tiempo la otra. De ahí el dilema.

Algo tienen en común los que trabajan para vivir y los que viven para trabajar –como ocurre por cierto con cualesquiera de las cosas que se oponen. En ambos casos, subordinamos aquello que inmediatamente hacemos o tenemos en beneficio de algo distinto que deseamos conseguir. O bien dedicamos la vida a nuestro trabajo, o bien nos consagramos a trabajar en pos de la vida. De ahí el uso de la preposición “para”, que nos advierte de una jerarquía en virtud de la cual hacemos algo obedeciendo al resultado que de tal acción se desprende. Sin embargo, aquello para lo cual hacemos lo que hacemos se encuentra connaturalmente ausente, es siempre un pronóstico, una expectativa, un porvenir.

Es precisamente la idea de que el fin sólo es fin en la medida en que no está aquí inmediatamente con nosotros, pues entonces ya no habría que hacer nada para alcanzarlo, lo que nos revela que toda finalidad depende de una condición implícita y hasta cierto punto obvia. Entre lo que hacemos y lo que esperamos obtener media una diferencia excluyente. De este modo, si vivimos para el trabajo es porque la vida no es el trabajo y si trabajamos para vivir es porque el trabajo no es la vida.

La conclusión así obtenida, aunque en apariencia correcta, resulta palpablemente inquietante. Resulta inquietante porque entendemos también que la vida se reduce al trabajo para aquellos que viven para trabajar y que quienes, por el contrario, trabajan para vivir no les queda otra que dedicar su vida a trabajar. Aunque nuestro dilema aparezca de manera habitual y cotidiana, nos resistimos a pensar que el trabajo pueda ser algo absolutamente distinto de la vida. Dicho esto, ¿qué sentido tiene nuestro dilema? ¿Dónde queda la vida a propósito de nuestro dilema?

Quienes viven para el trabajo no tienen tiempo para otra cosa. La vida consiste entonces en los restos y las sobras del trabajo y es simultáneamente un sacrificio, el precio que uno paga en concepto de inversión. Pero, ¿qué beneficio obtiene quien invierte su vida? La vida queda como un excedente ínfimo de tiempo y una ofrenda de antemano consumida. Por el contrario, quienes optan por trabajar para vivir lo hacen, aparentemente, merced a la vida.

Nuestro dilema funciona como tal porque establece una disyuntiva. Frente a quienes viven dedicados al trabajo, hay quienes prefieren invertir la fórmula y trabajar para vivir. Resulta inmediatamente notable, sin embargo, que quienes trabajan para vivir no siempre lo hacen por decisión o por preferencia. Más aún, son precisamente la mayoría los que ni deciden ni prefieren, sino que tienen por necesidad que trabajar para vivir –siendo aún mayoría quienes no sólo trabajan para vivir, sino que además dedican su vida al trabajo. El tiempo en que vivimos, por cierto, nos revelan que esta situación no es excepcional, sino que constituye más bien la norma.

En un dilema real, uno se encuentra ante la necesidad de elegir entre una de las dos opciones que constituyen la disyuntiva. Ocurre en nuestro dilema que las opciones no son simétricas, pues no cualquiera está en disposición de decidir entre las dos posibilidades. Al eliminar una de las opciones de la disyuntiva, la posibilidad que queda se convierte en pura necesidad.

En este punto, nuestro dilema resulta ya irreconocible y podemos comenzar a sospechar que no funciona, que no es un verdadero dilema. Vivir para el trabajo supone regalar la vida, que acaba siendo un remanente estéril e impotente. En el extremo de esta opción, el famoso lema que podía leerse a la entrada de Dachau y de Auschwitz: “El trabajo te hace libre” (Arbait macht frei). En el reverso del dilema encontramos la verdadera necesidad, que es anterior a cualquier opción, a cualquier decisión y a cualquier ficción de libertad: trabajar para vivir. Su realización más propia nos conduce a Génesis 3:19, “Ganarás el pan con el sudor de tu frente…”. En ambos casos, el dilema anuncia una vida exigua, carente y escasa, una vida reducida al límite. La vida sería el mínimo descanso que permite volver a trabajar o las condiciones mínimas que asegura el trabajo. La vida se muestra así como mera subsistencia, mantenimiento y reproducción. Vivir queda reducido a sobrevivir, éste es el término adecuado para el dilema. Ganarse la vida… ¡qué expresión tan terrible! ¡Si al ganarse uno la vida, la vida es lo último que obtiene! Porque la vida no es algo que uno se gane o que uno obtenga, la vida simplemente está, o estamos más bien nosotros en la vida. Nuestra pregunta sigue por tanto vigente: ¿dónde queda la vida?

Quizás la dificultad no resida en la vida, sino en el trabajo, el elemento incuestionado de nuestro dilema. Tanto vivir como trabajar consisten en hacer, producir, causar efectos. En este caso, no obstante, trabajar tiene un sentido limitado. Desde una perspectiva económica y restringida, trabajar no es hacer cualquier cosa, sino hacer algo susceptible de ser vendido y de ser comprado. Trabajar consiste por tanto en vender lo que hacemos para sobrevivir. La supervivencia adquiere también el carácter de mercancía, pues es lo que uno obtiene por la venta de su trabajo. En conclusión, el dilema no funciona porque nos resistimos a convertir la vida en mera supervivencia.

Vivir tiene que ser algo más que sobrevivir. Este algo más consiste también en hacer, pero en hacer algo que es imposible vender. Hay quienes tienen la suerte de percibir que el trabajo no es algo distinto de la vida, y que tampoco supone su abolición. La vida no tiene contrario –aunque la supervivencia sí lo tenga. Tanto es así que, quienes se han empeñado en pensar algo más allá, siempre acaban copiando, plagiando, repitiendo la vida. Vida más allá de la muerte, dicen, pero vida al fin y al cabo.

La vida se halla en cualquier lugar y en cualquier momento. Hay quienes tienen la suerte de encontrarse con ella por igual en el trabajo, en las hazañas eminentes y en los gestos más ínfimos. Mientras que algunos solamente sobreviven, hay quienes también tienen la suerte de vivir.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s