¿En qué consiste una singularidad? (1)

El estatuto de lo singular ha quedado ostensiblemente desatendido a lo largo de la historia de la filosofía y del resto de ciencias, disciplinas y expresiones culturales –a excepción del arte. Con “singular” no me refiero al uso cotidiano que esta palabra tiene en castellano, en virtud del cual decimos, por ejemplo, que un perro con cinco patas es singular, o que singular es que se ponga a nevar en verano.Empleamos habitualmente el término como sinónimo de excepcional, anómalo, extraordinario o inaudito. Nos referimos con él a la ruputura de una generalidad, de lo normal, de lo ordinario y de lo previsible. En todos estos usos, “singular” se emparenta con el concepto de lo único e irrepetible. Y precisamente atendiendo a éste último aspecto, el sentido de “singular” apunta hacia algo más que excede lo que los sinónimos anteriores suelen designar. De hecho, “singular” hace referencia a uno de los modos posibles en los que podemos entender las cosas, o mejor, a uno de los modos en los que las cosas son. Sin referencia ya a ningún contrario.

¿De qué manera solemos entender las cosas? O ¿de qué modo solemos entender que las cosas son? Pues, por ejemplo, al hacer uso de los nombres comunes en nuestra lengua estamos ya implicando y dando validez a un cierto tipo de objetos o cosas, estamos comprometiendo un criterio de medida sobre las cosas. Dicho de otro modo: el lenguaje envuelve una serie de condiciones ontológicas. Cuando yo me refiero con el nombre “vaso” a esto lleno de agua que tengo aquí delante mientras escribo, estoy otorgándole una serie de condiciones ontológicas, un modo de ser. Con ayuda de determinantes, puedo referirme a “el vaso”, “este vaso” que tengo aquí delante, pero también puedo referirme a “un vaso”, a cualquiera que haya en mi cocina o en cualquier otro lugar y puedo referirme también a “los vasos” para denotar a un conjunto determinado de vasos, existentes o no. Los determinantes exigen que los nombres se comporten como números naturales (uno, varios o ninguno) y también que respondan ante una cierta forma de determinación (el vaso o un vaso; determinación o indeterminación referencial). Asimismo, todos los objetos (vasos) a los que puedo señalar cumplen con una serie de características gracias a las cuales podemos precisamente usar el lenguaje para entendernos y comunicarnos. De este modo, y siguiendo con nuestro ejemplo, podemos distinguir entre vasos, tazas y copas, aunque todos ellos sean recipientes susceptibles de almacenar líquidos y todos puedan ser usados para beber.

Por el momento no encontramos en esto mayor dificultad, pero sigamos por el mismo camino. Si nos ponen delante una serie de vasos cada uno de los cuales tiene una forma, una anchura, una altura o un color distinto, ¿no seremos capaces de percibir que todos ellos son vasos pese a que son diferentes? (Son por cierto este tipo de preguntas las que empleaba Platón para explicar su teoría de las ideas). Todos ellos son vasos, sí, pero cada uno es distinto respecto del otro. ¿Y si colocamos sobre la mesa dos o más vasos exactamente iguales, del mismo juego de vajilla? Aquí nos encontramos con una primera dificultad, pues tenemos que admitir que, desde un punto de vista todos son el mismo vaso pero que, al mismo tiempo, son vasos distintos.

Hasta aquí hemos tratado al vaso como un particular y como un individuo. Particular porque lo hemos entendido como un caso de ese conjunto de características generales que cualquier cosa debe satisfacer para ser vaso y no taza o copa. Individuo porque hemos entendido que tales características estaban compuestas de modo inseparable en una misma cosa. Y esta misma cosa presentaba a su vez otras características, éstas aparentemente menos esenciales, que nos permitían distinguir a nuestro vaso de otros vasos semejantes (con diversa forma, tamaño o color) o de otros vasos idénticos (pero numéricamente distintos). Pues bien, ninguna de las determinaciones anteriores tiene nada que ver con una singularidad.

Demos aún un paso más. ¿Qué ocurre con este vaso que tengo aquí delante cuando me bebo el agua que hay en él? ¿Y cuando cae al suelo y se rompe en mil pedazos? ¿O qué ocurre si este vaso permaneciera donde está de manera indefinida hasta ser consumido por el tiempo y los agentes ambientales? Reformulemos la pregunta: ¿en qué momento dejaría este vaso de ser lo que es para pasar a ser otra cosa? Pasemos a un ejemplo donde el problema resulta mucho más visible: yo, el que está escribiendo esto, soy el mismo que hace 10 años, sin embargo, no me parezco en casi nada . Si seguimos argumentando en esta dirección, diremos que yo no soy el mismo (y lo mismo ocurre con el vaso), en este preciso instante en el que escribo esta oración, que el que acaba de terminar el párrafo anterior. Llevemos este problema al límite. Dejemos de lado la identidad que subyace a todos los yoes y a todos los vasos cambiantes y centrémonos en el hecho de que ni yo soy el mismo que antes si seré el mismo en un momento. Una singularidad consiste precisamente en esta mínima unidad de medida, en esta mínima identidad que encarna el verdadero sentido de lo único e irrepetible y problematiza radicalmente el sentido del tiempo. Lo absolutamente único e irrepetible es una singularidad.

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