La gran salud

Ello, yo y superyo prefieren salir los viernes. Les encanta la parranda y acaban siempre muy borrachos. Yo, el más inquieto de los tres, siempre intenta que ello y superyo no se den de ostias. Discuten sin parar. Resulta vergonzoso el espectáculo que montan. Pero yo bebe demasiado y siempre se ausenta durante un rato para ir al baño. Momento que aprovechan ello y superyo para encontrar un lugar discreto, apartado y acogedor, en alguna esquina oscura del garito. Fornican apasionadamente y con cautela, sin tiempo que perder, no vuelva yo y les pille. A la vuelta de yo ya están vociferando y les echan del lugar, sea el que sea, pese a la firme y conciliadora diplomacia de yo. Sorprendentemente veloces y capaces los amantes. Asombrosa la efectividad de ello y la fertilidad de superyo. Tal es su afinidad que superyo espera retoño cada nueve meses. Llevan nosécuántos. El linaje tiene, cada vez, más similitudes con ello, pese a que nunca lo reconocería. Yo sabe, se imagina, no quiere creerlo, pero le tranquiliza y bendice, con la condescendencia de un viejo amigo, la coincidencia de sus camaradas. Más aún cuando recibe, rara vez, accidentalmente, por equivocación, el sms que ello le manda cariñoso a superyo, el sábado cuando se levanta de resaca a media tarde. Yo sonríe perplejo, satisfecho y algo fastidiado; siempre le toca invitar al desayuno.

A la tarde-noche de los sábados la llamamos “la gran salud”.

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