Pendiente de principio

Nos maravilla pedir principios. No hay mayor jactancia que la de James Bond cuando abastece a su prójimo con principios, principios gratuitos, principios que nadie reivindica ni reclama, que no vienen al caso. Aunque pinta bien, el vermouth de marca es lo de menos. Menospreciamos la actitud de 007 si la reducimos a los hábitos cortesanos de la barra y la baraja. Él se define mediante, al menos, una licencia: licencia para matar. Bond no mata sin permiso. Es un hombre de honor y todo honor depende de un código prescrito e inviolable. Tener licencia y aceptar principios consiste en sujetarse a una regulación determinada, a una cierta distribución de cosas que operan, han operado o lo harán a partir de algún momento. Al aceptar principios, suscribimos un código. Y si tenemos licencia es porque nos hemos sometido a una composición predefinida. Pedir principios es ordenar la operación, en al menos dos sentidos de “ordenar”: Te ordeno que ordenes tu tiempo, tu agenda, tu vida. ¿Qué licencia es ésa?… Hemos de entender que esta pregunta –la pregunta por el qué– es lo de menos. Lo que importa es el funcionamiento, la burocracia de la petición y la pregunta.

–”No todos queremos ser James Bond”.

James Bond es la excusa. Otros nombres –no sólo la Reina de Inglaterra– expiden licencias y regulan operaciones. Moisés, Jefferson y Gandhi, unidos todos por una petición de principio dirigida a Dios, al Pueblo y a la Paz. Se regula incluso (y casi siempre) con carácter retroactivo. Así en la vida como en un western: primero disparas, después preguntas. No porque uno decida o no decida. Las cosas suceden y, ante nuestras peticiones y preguntas, vuelven a suceder de otro modo.

–”¿Necesitamos principios?”.

Hay quien pregunta antes de disparar y hay quien, por preguntar, nunca dispara. Las cosas, por su parte, se disparan solas. “¿Necesitamos principios?” es una pregunta autorreferencial, pues pregunta por la petición y la pregunta, repitiendo la operación y la burocracia, la relación de 007 con la Corona inglesa.

–”Hasta ahora, todo son juicios. De no estar fundados en principios, nos condenamos al relativismo; si no disponemos de la licencia adecuada, pecamos de dogmáticos”.

Tal protesta es saludable, porque formula una pregunta liberadora: ¿hay una alternativa a este dilema? ¿podemos hacer uso de principios, nombres y licencias de alguna otra manera que no sea la de el gregarismo y el onanismo? El gregarismo y el onanismo son fenómenos que responden respectivamente a la ausencia y saturación de principios. Toda forma de automedicarse (darse a uno mismo la licencia) revierte en onanismo y autocomplaciencia. Cuando esto sucede, la discusión se cierra de antemano y no hay lugar para lo nuevo. Todo ocurre a su favor y según lo que uno ya ha previsto. Constituye la forma más perfecta de egocentrismo. Por contra, el gregarismo es la salud del egoexcéntrico, del que depende de otros y pide licencias al extrarradio. La neurosis nace entonces de la falta de un principio, buscado siempre fuera de sí. Los extremos del onanista y el gregario se tocan bajo la forma inmutable dentro-fuera. Para salir de este esquema hay que practicar un cierto estilo; hay que cambiar de actitud.

1- El estilo se corresponde con el método, con el modo de proceder ¿Se puede bailar con estilo sin planear los pasos? ¿Existe un método, una regulación no prefijada pero definida? Algunos solucionan estas preguntas cuando bailan.

2- Hablar en nombre de alguien, tener licencia, comenzar por el principio; estos son los problemas. Bailar es preguntar –al acompañante, “¿me concede este baile?”. Todo problema se organiza con preguntas.

3- Sabemos lo que no queremos: un modo (estilo, método) de hablar en nombre de alguien o de uno mismo, de hacer uso de las licencias y los medicamentos, de apoyarse en un principio interior o exterior; el modo del gregario y del onanista. Al gregario le bailan porque lo pide; el onanista baila solo y rara vez coincide con el ritmo de la música. Ninguno de los dos baila con estilo. El gregario habla sin saber lo que dice, emplea licencias caducadas y se apoya en principios empezados. El onanista habla porque ya lo sabe todo, firma sus propias licencias y empieza siempre cuando quiere.

4- (Conclusión) Hay que revisar con detalle las licencias y permisos, y empezar… por un sitio y en un momento (¡”un”, qué incognita!). Para ello es preciso que el acompañante, que dice sí a bailar, acompañe guiando y pregunte respondiendo. Acompañar guiando y preguntar respondiendo es una cuestión de estilo. Nota bene: uno puede bailar acompañado, aunque en total siga siendo uno.

5- (Corolario) Empezar bailando, pendiente de principio, donde “pendiente” no es gratuito. Estar pendiente es estar por resolverse, como un problema. No obstante, estar pendiente también es pender, estar sujetado. Pendiente de principio.

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