“¿Qué es el estrés?”, de Carlos López Carrasco

¿Qué es el estrés?

Responder a esta pregunta está siendo una de las cosas más complicadas desde el comienzo. Asumir una postura antiesencialista y crítica con el paradigma positivista me pone trabas a escoger una definición concreta de estrés entre todas (que fuera previa al propio estudio). Esto se complica más si se tiene en cuenta que los planteamientos convencionales de la psicología son como son. Así, la orientación de partida me ha llevado a un nominalismo bastante poco operativo (el estrés es lo que se dice que es el estrés, el estrés es una palabra que empieza por e…) y que reducía el fenómeno, incluso menospreciando el modo en el que lo vivían las personas que entrevistaba (algo que no quería perder de vista). Una posible estrategia, en este sentido, era elaborar una (etno)definición a través de lo que ellas me dijeran. De ahí, me ha ido pareciendo conveniente afrontar la propia multiplicidad del fenómeno, por la que el “estrés” serían diferentes cosas según en las circunstancias en las que se dé. Y claro, me toca a mí la responsabilidad de ir asentando mi propia posición y de ahí construir una definición operativa.

Antes de señalar los elementos principales de una esta definición en ciernes, quiero plantear algunas cosas que tengo en cuenta a la hora de pensar el estrés. Quizá no tenga mucho interés pero a mí me resulta útil. Fundamentalmente, localizo tres dimensiones del fenómeno del estrés: la vivencial (lo que se experimenta), la artefactual (aquellos productos culturales con los que se capta lo que se siente) y la corporal (los procesos corporales que entraña). Mi propuesta sería tener en consideración estas tres dimensiones y, sobre todo, su interconexión, para lo que lo siguiente podría ser un esquema:

En primer lugar, habría que aclarar que el fenómeno del estrés implicaría siempre estas tres dimensiones, aunque los estudios científicos hayan tendido a centrarse en una u otra. Así, un enfoque biologicista restringiría el estrés a su dimensión corporal (fisiológica[1]), o al menos la propondría como la base primordial que produce “la experiencia” (que queda entendido como efecto). Por su parte, cierto enfoque culturalista defiende que el estrés depende de cómo las personas entienden y expresan (simbólicamente) ciertas experiencias, en ese sentido dan prioridad a la dimensión “artefactual” (simbólica): el estrés sería así la “metáfora” de cierta experiencia.

Por ahondar en esta idea, desde el punto de vista de “lo vivido”, el estrés sería cierto tipo de experiencias, potencialmente asociables al estrés artefactual, y vividas por una entidad (vamos a pensar en una persona[2]) en una situación concreta. La dimensión corporal localizaría toda una serie de procesos corporales (perceptivos, neuro-hormonales, motores) asociados a los momentos en los que se experimenta estrés. Por último, la dimensión artefactual es la manera pedante[3] con la que me refiero a aquellas cosas con las que (nos) damos cuenta de esas experiencias. Principalmente pienso en lenguajes (verbales y no verbales) y procesos de significación, es decir, formas materiales y simbólicas más simples o más complejas: conceptos (la palabra estrés y otras), gestos (morderse las uñas), narrativas (relatos convencionalizados sobre situaciones de estrés), discursos (una teoría científica sobre el estrés), indicadores numéricos (de un medidor de tensión arterial, de una encuesta), etc., siempre encarnados en procesos prácticos (y situados) de significación[4].

Me imagino el estrés “vivido” (de un lunes 23 de enero por la mañana) como una X, que conlleva un correlato de procesos corporales, y que es captada (apresada, entendida) y representada por diferentes artefactos culturales. Estas tres dimensiones (o estos tres momentos) comprenderían el fenómeno del estrés, ninguna más que otra. Ahora bien ¿quiere decir esto que un esquimal del S. XIX que es asaltado por un león marino no experimenta estrés si su vivencia no es representada como tal? Efectivamente. Su experiencia X deberá ser bautizada como estrés desde una cultura concreta que disponga de los artefactos simbólicos precisos. ¿Implica esto que debemos ser conscientes de lo que sentimos en el momento en el que experimentamos estrés para que “eso” sea estrés? No, pero habrá un momento posterior en el que nosotros u otros (un psicólogo, una encuesta) interpelemos dicha experiencia de una manera consciente. ¿Y debe dicha experiencia ser representada con la palabra “estrés”? No, existen toda una red de artefactos culturales que  pueden realizar esta tarea, una red en la que participa el concepto estrés. ¿Toda experiencia del estrés implica una serie concreta de procesos corporales? Sí y no. Ciertas investigadoras e investigadores se han desvivido por dar con la serie concreta de hechos fisiológicos que se activan con el estrés. Sin embargo una persona podría decir que sintió estrés aquella tarde X sin que ello signifique que tuviera un nivel de presión arterial memorable o que ventilara en exceso. Podríamos, eso sí, decir que aquella tarde X había un tipo de implicación corporal con el mundo, al menos práctica y perceptiva. Ampliar la noción de cuerpo es importante en este punto.

Como decía más arriba, el estrés será diferentes cosas en función de las circunstancias en las que se dé –y ahora podríamos añadir– y en las que sea representado. Por una parte, la dimensión encarnada del estrés sitúa el estrés en unas circunstancias espacio-temporales concretas (esto es, sociales, históricas, culturales). El estrés es vivido por un cuerpo sexuado, étnicamente marcado, en un momento biográfico e histórico determinado y dentro de unas relaciones sociales (situacionales, organizacionales y estructurales) dadas y en continua actualización. Las circunstancias (actuales) y el conjunto de disposiciones (sedimentadas de experiencias y circunstancias previas) promueven el modo en el que el estrés se experimente (o no se experimente), como será explicado más adelante. Por otra parte, la dimensión artefactual se desarrolla, en tanto que proceso de significación (simbólico-material), en un determinado contexto sociocultural. El modo en el que la experiencia sea representada estará condicionado por la posición desde la que se haga así como sus circunstancias, que definirán el repertorio de artefactos culturales disponibles para esta tarea. No será lo mismo la manera en la que un psicólogo en una clínica capte el estrés de un paciente, que una trabajadora durante su jornada laboral. Así mismo, está ultima no captará el estrés cotidiano de su trabajo del mismo modo si está de vacaciones o si está desbordada de tareas. Por último, no captan el estrés igual una empleada del hogar que una alta ejecutiva.

Y aquí cabe hacer tres matizaciones importantes. Uno, la manera en la que el estrés es representado retroalimenta el modo en el que es vivido (habría que desarrollar cómo), así como obviamente las vivencias (recurrentes y disruptivas) contribuyen a la conformación del trasfondo a través del cual damos sentido a nuestra vida y experiencia emocional. Dos, toda experiencia de estrés se da a través de prácticas concretas, así como toda acción implica un compromiso emocional con el mundo. Tres, los procesos de significación del estrés no son necesariamente públicos, aunque sí “publicables”. Es decir, somos capaces de representarnos el estrés a nosotras mismas.

Recapitulando, el fenómeno del estrés sería “un tipo de experiencia vivida y encarnada por una entidad y representada culturalmente de una determinada manera”. Pero ¿qué tipo de experiencia? Y ¿representada de qué manera? Aquí tengo que mojarme y crear mi propio artefacto cultural, con la responsabilidad que supone siempre construir una violenta máquina apresadora de experiencias vividas.

El propio trayecto entre las lecturas, las vivencias personales y las experiencias narradas en las entrevistas me han ido dando algunas ideas generales sobre lo distintivo del estrés frente a otras experiencias:

1. El estrés es un tipo de interacción entre una entidad y un mundo. Es importante enfatizar esta relación o agencia bidireccional, pues el mundo es efecto de la acción y percepción de la entidad, así como la entidad siempre se da (se sitúa) en un mundo y, en tanto que encarnada, como parte de él, esto es, efecto de su situación en él[5]. Llevado a mi objeto: el estrés es una relación entre una entidad concreta (una persona, por ej.) y algo externo a ella. Tanto esa persona como con aquello con lo que se relaciona es efecto de dicha relación de estrés.

2. Se trata de una interacción de desajuste.

3. Supone una implicación intencional con el mundo.


[1] Es importante fijarse que la explicación biologicista del estrés reduce el cuerpo a lo fisiológico. En la dimensión corporal trato de dar cuenta de una corporalidad que excede lo orgánico, esto es, que participa de una dimensión sociocultural, y que por lo tanto no está dada natural y definitivamente, sino que se da dinámicamente a través de procesos históricos y relaciones sociales.

[2] De momento, en mi investigación, para no complicarme mucho, voy a centrarme en el estrés de las personas (individuos, colectivos), aunque sería interesante dar el salto y pensar las entidades que experimentan el estrés en tanto que “actantes” (complejos funcionales humanos y no-humanos).

[3] Utilizo “artefactual” para: (1) señalar su carácter producido y productor, (2) no enfatizar su naturaleza material además de simbólica. Soy consciente de que no termina de funcionar.

[4] Algo lleva a pensar que el gesto que hacemos cuando experimentamos estrés y el resultado de un análisis de la presión arterial o de una encuesta sobre el nivel de estrés, son cualitativamente diferentes o que están a diferentes distancias de la propia vivencia del estrés. De momento yo las sitúo en la dimensión artefactual, en tanto que productos culturales o convenciones sociales que representan (o comunican) la experiencia concreta.

[5] El tipo de relación de causalidad que uso (“condición”, “efecto”) no implica exterioridad entre los términos. Es decir, no existe un mundo no percibido, ni una entidad fuera del mundo.

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