Respuesta a vuelapluma y en segunda persona a “¿Qué es el estrés?”, de Carlos López Carrasco

En el texto que me mandas no sólo formulas un problema relativo al estrés, o mejor dicho, no sólo formulas el problema sobre qué es el estrés, sino que antes de eso problematizas el propio hecho de formular ese problema. Me reafirmo en eso que decía hace poco sobre cómo cualquier segmento discursivo implica una cierta distribución ontológica. Tú mismo la explicitas, aunque pronto abandonas su carácter problemático para optar por una solución. No me refiero al hecho de que te inclines tan rápido por la fórmula “qué es X”, aunque quizás debamos comenzar por ahí, respetando el orden de tu texto. Lo cierto es que hay algo que se me ha metido en la cabeza desde el principio y no he conseguido dejar de tener presente mientras te leía: ¿qué querrá decir cuando habla de posturas antiesencialistas y críticas? Dejemos esto para otra conversación.

Empecemos por el principio. Abres el texto haciendo referencia al problema de empezar por lo empírico, y señalas la necesidad de hacer algún tipo de suposición no empírica que posibilite el propio hecho de empezar. Voy a trabajar sobre el estrés, voy a registrarlo, voy a evaluarlo, pero necesito saber primero sobre qué estoy trabajando, en qué consiste mi objeto de estudio. Esta suposición es tan sumamente importante que, sin ella, uno no sabe por dónde empezar, por dónde cortar, cuándo una cosa es estrés, o está remitida al estrés, y cuando deja de estarlo. Diferenciar y seleccionar dada la multiplicidad indiferenciada en la que aparentemente se presentan los fenómenos en general. Bueno, esto es un problema enorme que se ha presentado en estos mimos términos, en los términos en los que tú lo presentas, de manera bastante manifiesta y central en las epistemologías y filosofías de las ciencias contemporáneas, pero también en la vieja teoría del conocimiento característica de la Modernidad. Digamos que incluso Aristóteles tiene una teoría del método donde ya se esboza esta cuestión –recuerda el clásico “lo último para nosotros es lo primero en sí”, que hace referencia a que nuestro conocimiento comienza con la experiencia, la experiencia sensible, pero que eso no reduce el ámbito de lo cognoscible y mucho menos de su corrección. De ahí también el eslogan kantiano: “Todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, pero no todo nuestro conocimiento procede (o depende, ya no recuerdo) de la experiencia”.

Parece que la preocupación de fondo reside, como decía, en que no hay una respuesta ya dada a la pregunta: ¿cómo no decidirse por una definición determinada de “estrés”? ¿Cómo hablar sobre el estrés sin suponer una carga teórica sobre el trabajo empírico? Tú mismo relatas tu primera solución, que caía en el nominalismo, en la mera definición nominal e improductiva. Pero es muy interesante cómo has llegado allí. Has llegado allí al tratar de hacerte cargo de “lo que se dice sobre el estrés”. Este procedimiento es maravilloso y, de nuevo, tan antiguo como el mismo Aristóteles –pero también anda por estas mismas lindes Platón, le pese a quien le pese. Sales del atolladero con otra versión de esta misma solución. Declaras: “voy a definir el estrés a partir de los testimonios de los entrevistados, a través de lo que dicen los propios sujetos estresados que me están sirviendo de material para decir algo sobre el estrés”. Quería mencionar aquí muy por encima algo que podría servirte de herramienta para continuar problematizando esta cuestión. La hermenéutica ontológica, la que encuentra su raíz en los desarrollos de Heideger y Gadamer, ha propuesto algo muy parecido a lo que haces tú. Esta perspectiva también resuelve la presunta dicotomía contenido empírico/ contenido no empírico o teórico. Según la hermenéutica, cualquier objeto dado en la experiencia consiste en la actualización de una “posibilidad histórica de lo comprendido”. Cualquier objeto es, dicho de otro modo, una interpretación. ¿Qué quiere decir esto? Que el estrés, por ejemplo, tanto en su dimensión experienciada y cotidiana, como en sus versiones literarias, médicas o sociológicas responde siempre a una construcción anterior a la que Gadamer llama “tradición”. La tradición es un trascendental, una condición de posibilidad de la propia existencia de los objetos, en este caso, las condiciones de aparición del estrés. Para hablar del estrés tenemos por tanto que hacernos cargo de qué entendemos hoy por estrés, y esta investigación pasa precisamente por indagar en torno a qué se ha dicho hasta el momento sobre el estrés. Esto es lo que hacen las ciencias en general, de manera más o menos explícita y asumiendo una mayor o menor responsabilidad. La idea es que tú ya cargas con una serie de prejuicios sobre lo que el estrés sea, y que en contraste con tus propias investigaciones, tal noción se verá reactualizada o “interpretada”.

A renglón seguido, tú mismo desarrollas ya una interpretación posible a través de este procedimiento –procedimiento que, como exponía, no se elige, sino que más bien va de suyo. Aquí es donde encuentro el problema fundamental de tu texto. Expongamos primero lo que tú desarrollas. Dices localizar tres dimensiones del fenómeno del estrés: la vivencial (lo experimentado); la artefactual (los productos culturales que expresan lo experimentado); y la corporal (los procesos corporales implicados en lo vivencial y lo artefactual). Posteriormente señalas cómo las dimensiones precedentes se distribuyen según las perspectivas existentes. El biologicismo haría depender causalmente lo experimentado de los sucesos corporales que entraña, mientras que el cuturalismo supeditaría, también causalmente, la experiencia a las producciones sociales y culturales. Hasta el momento has recogido diversas tradiciones que se han ocupado del estrés, que lo han tematizado o interpretado de un modo determinado. Justo a continuación ofreces tu primera interpretación. Tienes que hacer de la dimensión vivida o experimentada una X. Esta X constituye una incógnita sólo despejable, en la fórmula presentada, dado el cruce entre los fenómenos corporales y artefactuales. La pregunta que me inspira esta fórmula tuya es muy sencilla e inmediata: ¿por qué postulas esa X? ¿Qué te lleva a hacerlo? ¿Surge la X de algún tipo de necesidad?

Permíteme ahora que formule yo una hipótesis sobre tu texto. Creo que hablas de la experiencia o de la vivencia del estrés y titulas a este objeto con una X porque supones un esquema que te lleva a considerarla necesaria. Tú mismo presentas relaciones de jerarquía entre los ámbitos corporal y artefactual queriendo primeramente zafarte de tales vínculos y reintroduciéndolos con posterioridad en una relación recíproca –“estas tres dimensiones comprenderían el fenómeno del estrés, ninguna más que otra […]. La manera en la que el estrés es representado retroalimenta el modo en el que es vivido, así como obviamente las vivencias contribuyen a la conformación del trasfondo a través del cual damos sentido a nuestra vida y experiencia emocional”. Por cierto, estas afirmaciones son incompatibles con los diagramas de Venn que tú mismo propones al principio del texto. Estas representaciones no permiten señalar relaciones de jerarquía y dependencia de las que no quieres desprenderte, por lo que en mi opinión, es mejor que dejes los diagramas de lado. Al menos por el momento. Al hacer de la experiencia del estrés algo distinto de los procesos corporales y de las producciones socioculturales, te ves en la necesidad de caracterizarla, pero no encuentras más herramientas para hacer esto que precisamente las dos anteriores. Esto es lo que provoca que encuentres un primer asidero en la tesis por la cual “el estrés es un tipo de interacción entre una entidad y un mundo”. Te formulo la pregunta anterior de modo distinto: ¿tienes algún acceso a la X que le sea propio al ámbito de la vivencia? O dicho más claramente: ¿Puedes decir algo sobre la vivencia del estrés sin considerar el ámbito corporal o el ámbito de las producciones socioculturales?

Permite que conteste yo mismo a las preguntas. Son muchos los permisos ya, pero pronto termino. Todos los accesos a la experiencia del estrés que no entrañen procesos corporales o producciones socioculturales (“artefactos” en tu lenguaje) te sacan inmediatamente de la sociología. Esto es importante, supongo. Me sigue intrigando la necesidad de una X. Así procede en muchos casos la filosofía, pero también el resto de disciplinas. Es cierto que la experiencia o la vivencia parece no agotarse en el lenguaje, en las expresiones culturales o en los procesos fisiológicos. Pero esto reside quizás en una presunta necesidad lógica, ¿verdad? Como podemos hablar de experiencias lingüísticas, sociales, perceptivas, suponemos que habrá algo así como una experiencia desnuda, una experiencia sin adjetivos. No obstante, las aproximaciones filosóficas a la experiencia barajan siempre este tipo de elementos. Incluso los intentos de caracterizar la experiencia no cualificada o no adjetivada, la experiencia a secas, acaban valiéndose de ciertas determinaciones. Desde el punto de vista de la fenomenología más radical, la experiencia que signa la génesis del lenguaje es una experiencia trascendental. (Curiosamente, la crítica hermenéutica a la fenomenología pasa precisamente por considerar que la experiencia trascendental es lingüística, o mejor: que la dimensión transcendental de la experiencia es propiamente el lenguaje). Desde el punto de vista de un hegelianismo trasnochado, la experiencia es subjetiva, objetiva u absoluta –ansiada síntesis que no sabemos si llega en algún momento. Todo lo anterior son modos de despejar la X. De nuevo te propongo una variación de mi pregunta: ¿tú quieres hacer esto? ¿En esto consiste tu investigación?

Tal y como yo lo veo, encuentras la necesidad de postular una X porque supones que hay algo más que las experiencias del cuerpo o que las experiencias lingüísticas, simbólicas, culturales. Y el problema no es de la X, no es de la variedad de opciones que pueden encontrarse para despejarla y tampoco es un problema tuyo, claro. El problema es la propia caracterización de la experiencia como “experiencia corporal”, “experiencia simbólica”, “experiencia social”. Esta taxonomía y lo que implica me parece un lastre para tu investigación. Es un lastre no porque sea incorrecto. Creo que es una de las maneras posibles de plantear el problema sobre qué es el estrés. Pero no lo necesitas. Tú cuentas fundamentalmente con testimonios de entrevistados y con una serie de prácticas que puedes registrar etnometodológicamente. ¿Te hacen falta un sujeto que experimenta un mundo que le es diverso y con el que interacciona? ¿Por qué no dejas estas consideraciones para el final, si es que al final te siguen interesando? ¿Por qué no tomar por sí mismos los testimonios, las prácticas? De lo contrario, se te acabará llenando la investigación de x, y, z,… (Dejaré la cuestión de la X para otra ocasión, me parece un problema ontológico de primer orden).

¿En qué consistiría eso de tomar por sí mismos los testimonios y las prácticas? La respuesta a esta pregunta despeja también el enorme problema de la definición, de la esencia del estrés. No tienes que definir el estrés más allá de cómo se manifieste en los materiales que cuentas para tu trabajo. No necesitas darle una naturaleza relativa dentro de un sistema total, ni otorgar ningún tipo de consideración sobre la consistencia del concepto. Deja que los testimonios y las prácticas hablen por sí solos y construye a través de ellos una noción operativa, que te permita decir cosas sobre el estrés. Que gobierne la acción, la actividad, no ya los fenómenos o sus características; no te centres en cómo se manifiesta el estrés, sino en lo que hace. ¿Y qué hace el estrés? Pues tú mismo has llegado a una conclusión que me parece muy fructífera y que constituye un ámbito de trabajo que me seduce mucho a nivel conceptual. Voy a desarrollar mínimamente lo que tú apuntabas y voy a añadir otra sugerencia.

1) En primer lugar, has llegado a la conclusión de que al estrés le pertenece la idea de una actividad infinita, sin término. El estrés está ligado, entre otras cosas, a una tarea infinita –¡esto es ya una tesis! Hay un estrés muy concreto en los contextos en los que un trabajador se encuentra con un límite temporal, una fecha de entrega, un deadline, una gestión que ha de resolverse antes de una determinada fecha por cuestiones de necesidad, y que sin embargo no presenta una solución determinada, concluyente o cualitativamente diversa. Tareas que no consiste en hacer o no hacer algo, sino en hacer algo más o menos bien, con mayor o menor longitud, con mayor o menor profundidad, con mayor o menor intensidad. Pongamos un caso aparentemente peregrino. Un atleta que se prepara para una competición. Sabe que tiene hasta cierto día para entrenar, tiene un límite objetivo, que es el día de la competición, y otros límites que pueden consistir en los tiempos de reposo y en los tiempos de mejora, que en el mundo deportivo están relativamente tipificados. El atleta se encuentra entonces con la necesidad de gestionar todo el tiempo que tiene hasta la competición para alcanzar los mejores resultados posibles. Esta situación genera estrés, y es una tarea cuyos límites son físicos y temporales, pero en lo restante es infinita. Este caso es análogo a otros tantos. Hay además más variantes. Puede darse incluso sin límite temporal.

2) En segundo lugar, y quizás esté ligado de algún modo a lo anterior, quería proponerte otra línea relativa al estrés. Percibí, precisamente en presencia y a pesar de tu hermano, que el estrés está ligado a otra instancia conceptualmente relevante. El estrés también opera sobre lo imposible. Recuerdo que tu hermano había quedado para cenar con Néstor y otros amigos, pero también quería venir a un concierto al que íbamos Jorge y yo y que se celebraba en Cabezo de Torres. El concierto empezó tarde y duró más de lo previsto. Esto imposibilitaba que Luis llegara con holgura a la cena. Pues bien, una vez tomada la decisión de ir y ver el concierto se angustiaba por ello. Varias veces me dijo: “no debería haber venido”. Digo que el estrés opera sobre lo imposible en la medida en que él ya estaba allí y no podía cambiar eso. Estaba ya hecho. ¿Cómo estresarte por ello? Además, lo imposible no sólo está implicado en el pasado. También traza una línea hacia el futuro. Esto me recuerda enormemente a la distinción estoica entre lo que está en nuestra mano y lo que no.

¿Por qué no trabajar sobre como los testimonios y las prácticas se hacen cargo de este problema de los límites? Lo infinito, el límite de lo posible… Estoy deseando leer las conclusiones de una investigación que tenga estos problemas por objeto. A través del desarrollo de estas cuestiones, además, podrás decir algo sobre cómo las tareas infinitas y lo imposible precisan de un tipo de sujeto, o de cómo producen sujetos, mundos, etc.

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