Sobre Garcilaso de la Vega (i): la urgencia

Lo que me gustaría señalar en Garcilaso es un problema que ha sido tratado por la filosofía. No diría que es un tema genuinamente filosófico porque, por suerte, no constituye un elemento privativamente ligado a dicha disciplina, encarcelado por ella. No es un tópico de la filosofía, no es un asunto técnico. Quizás esta distinción que hago ahora no tenga mayor validez fuera de este contexto, de este párrafo. Quizás la filosofía no tenga algo así como asuntos propios. Ojalá. No obstante, digo esto porque lo que quiero señalar sobre Garcilaso ha sido planteado por la filosofía, probablemente con muy poca intensidad, con menos interés del que de verdad despierta en nosotros. Y es que el asunto en cuestión es un asunto de cualquiera que no conoce en principio fronteras de índole alguna. Sólo acaso esa delimitación teórica de una filosofía, de una teología, de una moral. Una delimitación puesta con posterioridad, por supuesto, cuando ya se ha levantado el sistema y podemos delimitar el asunto, es decir, ponerlo en orden, darle un sitio dentro del sistema. Es un asunto, por tanto, liberado de las aparentes sumisiones que tienen los asuntos en general. No por ello deja el asunto de tener una serie de raíces y de motivos que nosotros podríamos tratar de recuperar, de reconstruir en nuestra discusión. Pero es un asunto liberado. Y con ello me refiero al hecho de que puede aparecer y aparece, de modo implícito, en situaciones siempre diversas e inconmensurables entre sí. Puede surgir de un momento convulso en la vida de alguien, acompañando a un estado de ira, de frustración, de confusión. Podría acompañar, por el contrario, a un momento de sosiego, a un momento dilatado, donde las cosas se presentan, parece, con mayor claridad, con la duración suficiente para que volvamos sobre ellas o para que nos adelantemos a ellas. Pero podría venir a suceder también en lo aparentemente más banal, en la mínima expresión del intercambio simbólico. En una conversación de rellano, de escalera, de ascensor. En un encuentro fortuito. O en una conversación en la parada del autobús. Me parece que esta idea podría hacerse patente en un tiempo y en un espacio de este tipo. En una urgencia. Una conversación pequeña y sin pretensiones en una parada de autobús urbano. Es una idea de urgencia, de una retención ínfima, de una prisa. La prisa de perder el autobús que acaba de llegar a la parada y la prisa también de querer cerrar de algún modo esa conversación pequeña que merecía algún tipo de final. No basta un adiós en aquel momento, que es el momento de querer satisfacer dos prisas incompatibles. Se te está quemando el café y te llaman por teléfono. El orden de prioridad se convierte en principio de aleatoriedad. Es puramente contextual, depende de la historia única en la que ambas prisas convergen. Entonces, en este tipo de interrupciones tan bellas tienen lugar un cierto tipo de ideas. Y la de Garcilaso es una idea de este tipo, de urgencia e interrupción.

¿Cuando tienes mayor claridad creativa?
Compongo muchísimo en la ducha. Es muy gracioso porque con el vaho cuando se empañan los cristales de la mampara se ven numerosas rimas. Escribo las últimas palabras para que no se me vaya la rima. Y es curiosa la escena de salir del baño, no acordarme y tener que volver a empañar los cristales para decir “qué era Rocío, hija, lo que habías escrito”.

Rocío Márquez sobre la urgencia.

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